Queridísimo y extrañadísimo Francisco:
Te escribo esta carta porque hoy hace 9 meses de tu partida y exactamente un año que te vi por última vez. Sí, junto a cada persona que llenaba el Aula Pablo VI.
Había llegado este día tan esperado. Ya te había visto y escuchado dos veces. La primera vez en Roma, para el Jubileo de la Misericordia en marzo del 2016, antes de Semana Santa. Dos años después, enero de 2018, en Chile. Sin embargo, esta vez se sentía distinto.
Mi sobrina, Marta, me acompañó a Roma porque te admira mucho y quería conocerte. Fueron días de recorridos y peregrinación por cada Puerta Santa. Muy sorprendente para ella que no es católica y me preguntaba todo muy interesada. Aproveché la catequesis que el Señor dispuso.
Ese día me desperté demasiado temprano y me levanté apurada. Casi no había podido dormir por la emoción de ir a verte. El entusiasmo por escucharte era inmenso. Como novia antes de la cita.
Ese día hicimos lo mismo que hicieron ya millones de personas de todo el mundo para ir a verte. Todo con la debida anticipación para que no fallara nada de lo previsto para llegar. Dicen que durante tu pontificado se acercaron más de 35 millones de personas a escucharte, a verte, a entender quién eras.
Desayunamos al paso bajo una lluvia tímida, cerquita de la cola que se iba formando para entrar. Ya habíamos comprado un paraguas un día antes. Hacía frío pero soportable. Cuando entramos, no lo podíamos creer. Nos tocó estar en primera fila. Solamente pusieron delante nuestro a las parejas de recién casados que esperaban tu bendición.
Después de una inquieta espera, saliste en tu silla de ruedas, rodeado de tus asistentes y fotógrafos. Ovación, puestas de pie, aplausos de algunos que no tenían el celular haciendo sus fotos. El mundo de varias lenguas representado en estas personas tenía avidez de fotos. Comencé a llorar lentamente sin poder parar ya más, con esas lágrimas que mi madre les llamaba “espirituales”. Mi madre cumplía años el mismo día que vos y estaba super orgullosa de eso. Ella, que era evangélica, se sentía la presidenta de tu club de fans.
Cuando empezaste la catequesis guardé el celular. Sólo quería escucharte. Te voy a recordar lo que hablaste ese día y que sentí que pocos escucharon… se notaba en la omisión de aplausos que hubieran sido justos y necesarios. Estábamos viviendo los inicios del Año Jubilar, del que aún muchos peregrinos no habían tomado nota. Jesucristo, nuestra esperanza. Este fue el título de esta ya iniciada catequesis. La infancia de Jesús, el anuncio a María. Y arrancaste centrado en la escucha y disponibilidad. Dijiste: “Al comienzo de su Evangelio, Lucas muestra los efectos de la potencia transformadora de la Palabra de Dios que llega no sólo a los atrios del Templo, sino también a la pobre casa de una joven, María, que, comprometida con José, todavía vive con su propia familia”. ¡Qué lindo! Pienso que esa fuerza es la que llega a los atrios de mi templo interior ahora, recordándote. Yo que tengo una pobre casa para ofrecer, debo dejarla habitar por la Palabra. Escucha la Palabra y hacernos disponibles para dejarnos encarnar por ella.
Fuera de la catequesis, hablaste de la Paz y me arrancaste aplausos del corazón. Sin embargo, el común de la gente ya no te escuchaba. Entre los diferentes idiomas y las fotos, sentí que todavía no estábamos preparados para verte ir. Te queríamos inmortal.
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